Un pasado perfecto.

5 años.
Peinarlas. Ver películas de Miyazaki, todos juntos, en un sofá. Escucharlas hablar de sus miedos y pasarle la mano por la cabeza. Dormirlas con un cuento que termina bien. Reírse de sus monerías. Ir en el auto cantando canciones de Carlos Vives. Leer revistas. Practicar Chopin en el piano. Hablarles de historia. Estudiar el sistema solar. Juntar piedras en la playa. Mirar videos de Michael Jackson. Nadar en la piscina aunque haga frío. Escucharles decir que me quieren. Armar casas de juguete. Verlas pintarse las uñas de color rojo. Regalarles vestidos. Fingir que nos afeitamos. Montar a caballo. Dibujar en los manteles de los restoranes mientras viene la comida. Acariciar perros. Ver cómo andan en bicicleta. Jugar en la computadora. Comprar helados y comerlos en una plaza sentados en el pasto.
Verlas crecer.
Todo eso me he perdido, ellas se han perdido, en estos 5 años, desde el 12 de septiembre de 2017.
Sea humano, tenga piedad, ayude.
Debe haber algo que usted puede hacer por ellas, por mí, por todos.
10 de septiembre de 2017 – 10 de julio de 2018: 10 meses sin verlas. Corintios 4:8-5:11:  …  que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos…
¿Ortodoncia? ¿Tendrá ortodoncia? ¿Le habrá cambiado la piel? ¿La sonrisa? ¿Habrá empezado a creer en Dios? ¿Se acordará de las clases de piano? ¿Le gustará algún chico? ¿Alguna chica? ¿Seguirá teniendo las mismas amigas de la primaria? ¿Habrá hecho nuevas? ¿Usará lentes para leer? ¿Se los quitará cuando le hable el chico lindo de la clase? ¿Hará deportes? ¿Usará pantalones? ¿Zapatos con taco? ¿Maquillaje? ¿Leerá ficción? ¿Le gustará la historia argentina? ¿Seguirá cuidando a su hermana Julieta? ¿Habrá ido al mar en estos años? ¿Le seguirá gustando Queen y Michael Jackson? ¿El helado de dulce de leche? ¿Pensará en su hermano? ¿En su padre? ¿Soñará con el pasado? ¿Con el futuro? ¿Será feliz?
¿Qué hará hoy -me pregunto, Catalina- que cumple 14 años?
18 meses.
Una fecha no dice nada. O quizás sí. Hoy miraba el calendario, pasaba las hojas, blancas, con números negros. Miraba los cuadrados parejos, sensatos, indiferentes. Medía mi vida en horas, días, semanas y meses. Hemos buscado dividir el tiempo -pensé, con falsa profundidad-  para entender cómo pasa, qué nos pasa, cuándo nos pasa. Antes y después de esa contemplación, suspiramos,  vamos de viaje, comemos un sándwich, tomamos un café luego de revolver la espuma de la leche, miramos pasar los árboles desde la ventanilla del auto, sabemos que alguien nos quiere, imaginamos que alguien nos detesta, hurgamos en la billetera, abrimos y doblamos papelitos, dormimos mirando el resplandor de la luna. Vivimos, dentro de todo, bien. Pero de pronto, algo, una cosa terrible, que nos había estado esperando, agazapada, astuta, inadvertida, nos derrota, de un solo golpe. La miramos molestos, incrédulos, aturdidos, de su mera presencia, de su -pensamos- fugaz aparición. No sabemos -en ese momento no sabemos, somos tan ingenuos, tan inmaduros, lo sabremos después- que no será fugaz. Que ese mal se quedará allí, prepotente, ruidoso, frente a nosotros, oliendo mal, sin otro estúpido propósito que congelarnos en ese instante.
Hoy se cumplen 18 meses que no veo a mis hijas Catalina y Julieta. Me perdí sus cumpleaños, las fiestas de fin de año, los inicios de clase, llevarlas al cine, limpiar sus lentes, pedirles que se laven los dientes, peinarlas, retarlas porque no se abrigan en el parque, escucharlas inventar un idioma propio, verlas irse, abrazarlas con torpeza de padre al verlas llegar, compartir música con su hermano, escucharlas reírse a través de la puerta del baño al ducharse, saber si me quieren, sonreír asombrado ante su inmortalidad, contarles un cuento, enseñarles una palabra, tomarlas de la mano, hablarle de Los Beatles, jugar al ajedrez, ponerle chocolates a escondidas en sus bolsillos, ir orgulloso de su mano por la calle rumbo a la escuela, tocarles la cabeza, saltar una baldosa floja juntos, mirar el sol abriendo y cerrando la mano, hablar de planetas, elegir un helado, pelearnos, tenerlas, apoyarlas, cuidarlas, verlas crecer.
 
No las veo desde el martes 18 de septiembre de 2017, cuando las llevé a casa de su madre, a las 7 de la tarde, a la hora en que escribo esto, 540 días después, 72 semanas después, 4320 horas después. No sé cuándo volveré a verlas. Ni cómo me tratarán cuando me vean. Ni sé si se acuerdan de mí, o si preguntan por su Papá. No sé si tienen frío, o hambre, o miedo, o si me extrañan, o si no saben escribir bien, o si dudan al leer una palabra nueva, o si entienden de fútbol o de política. ¿Alguien les dirá que las quiero? ¿Sabrán de mí?
¿Las veré algún día? ¿Cuándo?
Un papel metalizado.
 
Hoy es viernes y estamos en marzo. Tuve una semana agitada, como en los últimos años. Caracas no se detiene. Ahora me preparo para cenar, e intento por un minuto –por un minuto, por medio minuto- dejar de pensar. En eso habíamos quedado: en que yo pensaba todo el tiempo, pero que, cada tanto, yo conseguía un poco de espacio en mi cabecita y podía hacer alguna otra cosa.
Leer, por ejemplo, que me gusta tanto. Entonces acomodé los cubiertos y el individual de modo que me quedara lugar –prefiero a la izquierda, cuando leo algo mientras almuerzo o ceno solo, prefiero que el libro quede a la izquierda- pero en éste caso, porque era viernes, porque estaba cansado o porque la mesa no tenía lugar hacia la izquierda pero sí la tenía hacia la derecha, en este caso -insisto, sólo en este caso- lo puse a la derecha.
Se trata de Prisión Perpetua, de Ricardo Piglia. Prefiero libros breves. Novelas breves, más que cuentos y casi nunca novelas largas. Mi ansiedad también es literaria. Me pasa cuando escribo, claro, también.
Hay una ensalada pequeña de rúcula -me dice el cocinero, antes de irse- con un coctel de camarones. Pienso que coctel es la españolización de cocktail, literalmente, cola de gallo y empiezo a revolver con delicadeza la copa. Abro el libro, fingiendo que no lo he leído nunca. No es cierto, lo leí dos veces. Tiene dos  breves nouvelles, y unas indescifrables notas literarias al final. Es una edición barata, de bolsillo.
Me gusta comprar ediciones de bolsillo. Me siento listo, astuto. Pienso que si compro libros de bolsillo contribuyo al bienestar de la humanidad. De hecho, hay una editorial argentina que se llama así: Ediciones de Bolsillo. Siempre que puedo, compro esa versión del libro en cuestión.
Leo las primeras hojas. Siempre bien, Piglia. Enfocado, personal, literario. Habla de su padre, de Perón, de mudarse. Cita, cada tanto, en notas al pie, algunos autores anglosajones. Es una digresión, pero funcional al texto. De eso se trata, mostrar erudición, pero mantener al lector en el track principal. Llevaba unos quince minutos leyendo, empapándome (me gusta esa palabra, me hace pensar en embedded, en inglés, que está más cerca de incrustarse, pero bueno), digo, llevaba unos minutos haciendo equilibrio entra los camarones y la vida  pos-peronista del padre de Piglia.
Entonces di vuelta otra hoja y lo encontré. Es un papel rectangular, metalizado, blanco y naranja, con breve pintitas amarillas. Tiene, en su costado derecho, una imagen de un villano de Disney. Es un envoltorio de huevo kínder. Entonces, me di cuenta de que otra vez me habían tendido una trampa. Lo recordé como si lo viera ahora.
Les había comprado dos huevos kínder, como todas las mañanas. A veces, por las mañanas, al llevarlas al colegio, se los guardaba en el bolsillo –derecho, mejor- de sus uniformes, para que estuvieran a escondidas de maestras, madres y otras terribles autoridades, hasta el recreo largo.
Recreo largo, me decían, así, y  yo me acordaba de mis recreos largos de la escuela primera y secundaria. Iba a una escuela con un patio muy grande y concéntrico de tres pisos, había que usar uniformes de un azul indescifrable y todos los días izábamos la bandera luego de que el director –un señor gordo, de bigotes y mal carácter- nos gritaba buenos días. El mío solía ser a las 10 y 15.
Pero ese día, no. Ese día, previsor, como un buen padre, digamos, había comprado lo huevos y los había guardado hasta la salida de la escuela. Las busqué, me dieron un abrazo interminable. Catalina me miró con los ojos más dulces del mundo y Julieta –un rato antes, porque ella sale de la escuela un rato antes, a la vuelta de la puerta por la que sale Catalina- me había saltado encima y se había quedado colgada de mi cuello, ante la sonrisa impávida de todo el mundo y un agradable dolor de padre en el cogote.
Como yo disfrutaba mucho de ir a buscarlas al colegio, había llegado antes. Había estacionado –lo sé, no me miren así, es ilegal- el auto en la avenida Libertador, caminando una cuadra y media bajo los plátanos y había esperado la salida de ambas con un libro en la mano. Ahora veo, era el libro de Piglia. Algo corto, una novela corta, como ya he dicho.
Luego de los abrazos, vino la caminata. Nos paramos, como siempre, a mirar muebles pequeños en la esquina de la avenida. Luego nos metimos en el auto (yo miraba temeroso de que alguien pusiera una boleta de infracción en el parabrisas), elegía una canción (Queen, Los Beatles) y empezábamos el viaje a casa.
De espaldas a ella, con una mano, esperando que cambiara el semáforo de la esquina, les di los huevos kínder. Qué manera de alegrarse, madre mía. Julieta comió su huevo de a poco, mientras armaba el muñeco. Necesitó ayuda de Catalina, que ya había armado el suyo, mientras comía el huevo por mitades. Julieta intentó una extraña artesanía con el papel. Catalina, en cambio, lo planchó una y otra vez. ¿Lo vas a guardar, le pregunté? No -me dijo, con esa voz serena de los que saben lo que quieren y como decirlo- mejor guardalo vos.
¿Lo acabo de encontrar, saben? A miles de kilómetros de ustedes. O no, quién sabe
Julieta cumple hoy, 18 de diciembre, día lluvioso y desapacible, 11 años. ¿Se juntará con amigas? ¿Se vestirá de fiesta? ¿Seguirá riendo como con voz de caracoles? ¿Jugará a “afeitarse” con un cepillo de dientes? ¿Seguirá comiendo primero las papas fritas y luego la carne? ¿Seguirá iluminando al cielo con su sonrisa? ¿Seguirá cantando canciones de Michael Jackson? ¿Sabrá que pienso en ella?  ¿La rescataré de todo esto? ¿Me volverá a abrazar, como antes, algún día? 
¿Pensarán en los viajes que hacíamos en el auto a Santa Fe, viendo videos y escuchando música? ¿Seguirán pidiendo un perrito para cada cumpleaños? ¿La madre les habrá dado los vestidos que les mandé? ¿Catalina habrá mejorado su ortografía? ¿Julieta estará usando anteojos? ¿Dormirán bien? ¿Sonreirán sin ganas para las fotos? ¿Seguirán cantando canciones de Queen en el auto? ¿Tendrán mochilas nuevas para la escuela? ¿Alguien les acariciará la cabeza antes de dormir?  ¿Se acordarán de las clases de equitación en el Country Club? ¿Les habrá cambiado el rostro? ¿Usarán el cinturón de seguridad en el auto? ¿Se lavarán bien los dientes? ¿Sabrán que a veces escucho sus voces? ¿Les seguirá costando levantarse a la mañana? ¿Se acordarán de los viajes en que hacíamos en Venezuela, a la playa y a esos clubes con grandes piscinas? ¿Catalina seguirá mirando Gravity Falls? ¿Sabrán que cada nena que grita a mis espaldas me recuerda a ellas? ¿Habrán aprendido a cruzar la calle? ¿Se acordarán cuando íbamos juntos al supermercado y corrían por los pasillos? ¿Se pintarán las uñas? ¿Soñarán conmigo, jugando, juntos, en una plaza, como yo las sueño? ¿Julieta seguirá escuchando a Michael Jackson? ¿Dormirán con pijama? ¿Habrán ido de campamento? ¿Comerán bien? ¿Habrán vuelto a ver iguanas grandes y a seguirlas para filmarlas? ¿Seguirán armando rompecabezas? ¿Se meterán a la piscina? ¿Se pondrán protector solar? ¿Julieta seguirá diciendo fanfluflas o dirá pantuflas? ¿Alguien las cuidará? ¿Habrán vuelto a ir al teatro? ¿Se acordarán de mi cara?  ¿Pedirán ver Ponyo y las pelis de Miyazaki que veíamos juntos?  ¿Seguirán pegando papelitos de colores para identificar las habitaciones? ¿Cuándo se golpean y lloran, quién las consolará? ¿Pensarán en José Pablo? ¿Subirán corriendo las escaleras de la escuela?
Las canciones del otro lado.
En estos años aprendí que la paternidad adopta muchas formas, no sólo esas  tardes sepia de domingo empujando una hamaca, los sábados por la mañana al desentrañar la maravilla del sistema solar, las meriendas con chocolate mientras hacen la tarea –cuidando de no tirar la taza de café- o los paseos en auto bajo la sombra del jacarandá disfrutando los sonidos perfectos de Los Beatles.
Yo no lo sabía, pero también hay una paternidad no querida, áspera, rugosa, seca, indeseada, pero real. Es la paternidad de los padres que buscan a sus hijos desaparecidos, la paternidad de los padres que encuentran a sus hijos en una morgue y la paternidad de los padres que llevan víveres a la cárcel que encierra a sus hijos.
Uno se hace padre de muchas formas. No lo sabía. Pero ahora lo sé. Como esas cosas que nos enseña la vida, sin avisar. Había escuchado de eso en otras personas, relatos oscuros, frases a medias, argumentos inconexos. Como en esos casos, fingí que eso sólo era para los otros, que yo no era y no sería parte nunca de esas estadísticas. Supuse que esos horrores estaban destinados a otros. Pero estaba equivocado. En estos cuatro años y seis meses, descubrí que eso estaba listo, esperándome.
Hace cuatro años y medio que no veo a mis hijas. La última vez que estuve con ellas fue en Buenos Aires, el martes 20 de septiembre de 2017. Una falsa denuncia de su madre –inmediatamente desmontada por un juzgado- y el largo derrotero del resto de la inefable justicia argentina, ajena, indolente y nadando en el negro océano de la indiferencia, ha hecho el resto.
Supe, así, que también se puede ser padre luchando por sus hijos. Por recuperarlos. Una lucha que no se sólo por mi paternidad horriblemente interrumpida, sino para que Catalina y Julieta tuvieran un padre. La última vez que vi a mis hijas, Catalina tenía 8 años y Julieta 5. Ahora tienen 13 y 10. Me he perdido su infancia. Han crecido sin mi ayuda, sin mi amor, sin mi entusiasmo. Y yo he perdido la maravilla de verlas crecer. Hace más de 4 años que no hablo con ellas, no intercambio mensajes, que no veo una foto, que no sé cómo son.
Alguien me dijo que están altas, que usan lentes, que han crecido. La imagen que tengo de mis hijas no es la real. Me detuve en el tiempo, porque nunca más las volví a ver. Si me las cruzara por la calle, no las reconocería.  No sé si son felices, si piensan en mí, si escuchan música, si hablan inglés, si cambiaron su peinado Yo -que había aprendido a hacerles una trenza doble mientras desayunaban  y eso me había dado una forma hermosa de orgullo- no conozco sus caras.
¿Cómo se sobrevive a este desamor? ¿Qué debe uno hacer? ¿Cómo se sigue adelante? En estos cuatro años y medio he escuchado muchas historias similares, padres, madres, abuelos y hermanos que sufren la obstrucción de vínculos con sus niños.  Todos ellos ensayan distintas estrategias. Algunos luchan discretamente, otros en públicos. Algunos se encadenan a los juzgados, otros forman grupos de autoayuda.
Yo me apoyé en mi terapeuta y en algunas personas de mi entorno más privado. También he tratado de escribir lo que me pasa. Aunque no siempre escribo, porque al escribir escarbo hondo en mi dolor y eso es peligroso. Lo hago luego de una larga preparación, porque sé adónde me lleva esa sensación.
También he luchado por ellas: preparé informes, contraté abogados, hice videos, escribí cartas a la jueza que lleva mi caso, apelé a las autoridades, pedí ayuda. Eso sí: todo ha sido en vano. A veces, cuando no puedo más o creo que no puedo más, escucho canciones que me hacen acordar a ellas. A veces lloro, muchas veces sueño despierto que las vuelvo a ver, otras veces sólo me pongo triste. Cuando sueño con ellas las imágenes son vívidas. Al despertar y caer en cuenta de que sólo era un sueño me siento terrible. A veces escucho canciones que escuché con ellas (Michael Jackson, Carlos Vives, The Beatles, Queen y Chopin).
Hay cosas que evito hacer: mirar muchas fotos de ellas. Empiezo por una, sigo por otra y descubro varias horas después que estoy atrapado en ese amor. No puedo ver a un padre caminando de la mano de una hija. Miro hacia otro lado.  Tampoco puedo ver películas de Disney o para chicos. Otra cosa que tengo prohibida es ver la película Interestellar: https://www.youtube.com/watch?v=zSWdZVtXT7E . Un padre debe hacer un viaje espacial y ya no verá a su hija. En otra dimensión, empuja libros de su biblioteca para comunicarse con ella. ¿Verán mis hijas caer un libro, escucharán mis hijas a Chopin, oirán mis hijas a una amiguita hablar del amor de su padre y pensarán en mí, en ellas, en nosotros?
Escribí sobre las cartas que envía alguien a través del universo pero que nadie logra ver, en la parte final de este texto sobre Queen «Don’t you hear my call though you’re many years away? Don’t you hear me calling you? All your letters in the sand cannot heal me like your hand»: https://www.infobae.com/opinion/2019/06/27/futbol-rock-y-astro-fisica-en-una-lejana-noche-rosarina/
Una canción de Peter Gabriel me recuerda a ellas, atrapadas en una telaraña y esperando reencontrarse en los brazos de su padre. Por eso escribí esto: https://elestimulo.com/en-los-brazos-del-padre-peter-gabriel-anne-sexton-y-mercy-street/ También escucho otra canción de Peter Gabriel, quien –tras su divorcio- no pudo ver a su hija por años y le pide que le hable: https://www.youtube.com/watch?v=5N5HSDvaZcI  Cuando vivía con mi hijo José Pablo en Buenos Aires en 2005, él me hizo escuchar una banda de rock británico que sonaba genial. No me di cuenta, entonces, que sus letras hablaban de algo que tenía, que tendría que ver conmigo, con sus hermanas, que aún no había nacido. Es este disco:
Una canción habla de ser extraños, de ya no conocer la cara o de sentir la caricia y de vivir en mundos diferentes, de no conocer sus pensamientos y de ser extraños en un espacio vacío (I don’t know your face no more. Or feel the touch that I adore.I don’t know your face no more. It’s just a place I’m looking for. We might as well be strangers in another town. I don’t know your thoughts these days. We’re strangers in an empty space): https://www.youtube.com/watch?v=KRMppoNtLqk
Otra canción habla de que todo el mundo cambia. Yo me pregunto cómo estarán cambiando mis hijas. Qué les habrán dicho de esta distancia, qué pensarán ellas de mí. Y que quizás sus propios cambios nos permitan reunirnos. You’re gone from here. Soon you will disappear, fading into beautiful light. ‘Cause Everybody’s Changing. https://www.youtube.com/watch?v=0tZ4SFhqbN8
A veces, cuando tengo entusiasmo, escucho esta canción, en la que el protagonista sufre por la  ausencia de alguien, pero esto puede terminar bien. Si tan solo no se dobla y rompe, la encontrará del otro lado. Si no se ahoga, la verá en la mañana cuando ella despierte. (If only I don’t bend and break, I’ll meet you on the other side. I’ll meet you in the light
If only I don’t suffocate. I’ll meet you in the morning when you wake): https://www.youtube.com/watch?v=C31h-4G042U
Quizás sea eso, esto que me pasa, que nos pasa, a mis hijas, a mí, a mi hijo, a la gente que me quiere y me apoya. Quizás esto en lo que estamos Catalina, Julieta y yo no sea más que un sueño, en todo caso, una cruel e innecesaria pesadilla, de la que algún despertaremos, para encontrarnos, del otro lado.
Caracas, marzo de 2022.

12 de septiembre de 2017 – 12 de noviembre de 2018: 14 meses, 420 días.

¿Cómo estarán? ¿Tendrán hambre? ¿Tendrán calor? ¿Serán felices? ¿Mirarán la televisión? ¿Leerán antes de ir a dormir? ¿Tendrán ropa nueva? ¿Habrán crecido? ¿Habrán ido al médico? ¿Habrán aprendido cosas nuevas? ¿Irán a la plaza? ¿Seguirán juntando piedritas en la playa? ¿Seguirán jugando con plastilina Play-Doh y armarán muñequitos? ¿Tendrán dinero para comprar caramelos ácidos? ¿Comerán un chocolate antes de ir a la escuela como el que yo les daba a escondidas? ¿Tendrán amigas nuevas? ¿Harán la tarea de lengua y matemática? ¿Vendrán cansadas de la escuela? ¿Irán al club los sábados a hacer gimnasia? ¿Quién las llevará y traerá de clase? ¿Seguirán jugando a que tienen un supermercado o un restorán? ¿Se acordarán de cuando tomaban clases de piano en una academia de Belgrano? ¿Sabrán que junto piedras en la playa y armo solo castillos de arena, pensando en ellas? ¿Habrán tenido mucho frío en el invierno? ¿Qué harán los fines de semana: se aburrirán, descansarán, saldrán de paseo? ¿Les habrán servido para el invierno las camperas del año pasado? ¿Se acordarán del departamento en calle Aguilar, de la casita roja y azul en la que jugaban? ¿Seguirán teniendo la piel seca? ¿Habrán arreglado el telescopio?

En un bar de Olivos.
Hoy es jueves y el verano parece tomarse una pausa, dice, mirando por la ventana. Deja el texto por la mitad, no sin antes enviárselo con un mensaje que dice tesisversión46.   Toma la correa, la mochila, los lentes de lectura, un libro de Altamirano sobre los intelectuales en los años 60,  los lentes de sol, la gorra y llama a su perro, que salta desde atrás de un sofá que supo ser rojo.
 
Abre la puerta pesada como un trono y sus ojos se enceguecen ante la mañana, camina descuidado hacia la calle y reconoce el olor del jazmín en el parquecito mientras intenta pasar llave a la puerta que él mismo dejara abierta hace un rato para no necesitar usar la llave.  Esta vida es distinta a la que planeé, piensa este señor, mientras camina con paso distraído por Olivos. Se ajusta la gorra de un azul desvaído y sube el volumen de sus auriculares: Diana Krall canta como si estuviera en la sala de su casa, descalza y con una copa de vino en la mano.
 
Para en un bar, reconoce el acento colombiano en la camarera que lo atiende sonriendo, pide un cortado pequeño (le gusta decir pequeño y no chico), mira un mural azul que pintaron en el parque y que no está nada mal, acaricia a su perro que jadea indeciso entre perseguir un gato o una mariposa y pasa sin leer las hojas del diario de hoy.  Hay un aviso de supermercado (alguien compró alguna vez algo luego de ver un aviso en un diario, se pregunta), un asesinato en algún lado y nota que un crítico de cine recomienda ver Napoleón. Rescata el libro de su mochila pero no lo abre.
 
Hubo cosas que salieron bien y otras, no tanto, se dice. Sin amor y casi sin futuro,  se concentra en este aniversario. ¿Será alta como la madre? ¿Usará lentes? Alguien me dijo que es buena en historia argentina. Quién sabe. La última vez que la vio notó que crecía, que su cabello era hermoso y que su ajedrez mejoraba. Tocaba un Chopin rudimentario (parecía hacerlo por su padre y no por ella), comía con un orden implacable (los tomates, las papas y luego las milanesas de soja) y preguntaba cosas sin parar, mientras peinaba a su hermana con un rigor teutónico.
Tiene que haber cambiado mucho, se dijo. Pagó la cuenta con una propina exagerada, que puso debajo del pocillo con una firmeza que luego consideró innecesaria. Su perro se levantó con un gesto tenso para luego vagabundear con displicencia. Catalina cumple 15 años hoy, se dijo, mientras el sol lo enceguecía nuevamente. 15 años, repitió, abriendo apenas los labios.
El perro da señales de cansancio, se dijo. Es hora de volver a casa.